
Escribir acerca del miedo en el anterior post generó reacciones diversas. La finalidad del mismo fue desmitificar la naturaleza per se negativa del miedo. No existe un “gran reto” que merezca ser considerado tal sin una cuota previa de miedo. Del mismo modo, el vocablo riesgo infiere vulnerabilidad. La RAE lo define como contingencia o proximidad de un daño o perjuicio.
Charles Lindbergh, pionero de la aviación, parafraseó: «¿Qué clase de hombre es aquel que le gusta vivir donde no hay desafíos? Yo no creo en arriesgarse por puro gusto, pero nada se conseguirá si una persona no está dispuesta a arriesgarse».
Jhon Maxwell nos recuerda que para alcanzar una meta que valga la pena es necesario arriesgarse. Hay quienes prefieren intentar algo sencillo y tener éxito, que intentar algo grande y fracasar. Ahora, si sabemos que toda actividad conlleva riesgos, ¿Por qué no intentar algo grande y fallar que intentar algo pequeño sólo para tener una sensación éxito modesto?. Si usted quiere aumentar sus posibilidades de éxito, tiene que arriesgarse.
Le invito a reflexionar acerca de los dos significados del fracaso. En el primero, es cierto que usted corre el riesgo de fracasar si intenta algo audaz. Pero en el segundo, también corre el riesgo de fracasar si se mantiene inactivo y no intenta nada. La diferencia entre el primero y el segundo es la trascendencia. El fracaso después de haber intentado algo, enseña y reta. El fracaso de la inactividad atrofia; y sus daños -dependiendo del tiempo de inacción- pueden ser permanentes e irreparables a tal punto de llegar a creerse uno mismo que es una “persona promedio” o un perdedor.
Algunas personas tienden a pensar que hay un tiempo perfecto para hacer las cosas, y eso no es así. Entonces, esperan. Si usted espera el momento perfecto -advierte el autor de Líder 360º- es posible que se pase la vida esperando. Y mientras más espera, más cansado se sentirá. William James aclara sabiamente: «No hay nada que canse más que un trabajo sin terminar». No use el tiempo como una excusa para la postergación.
Cuando a Oscar Wilde le preguntaron cuál era la diferencia entre un escritor profesional y uno aficionado dijo que la diferencia es que el aficionado escribe cuando siente hacerlo, en tanto que el profesional escribe aunque no sienta hacerlo.
¿Cuántas veces ha ocurrido esto en nuestro trabajo comercial? La tarea más importante del vendedor es la constante prospección. ¿Qué sucede si un cliente cancela la cita programada?, ¿Y si luego de varias llamadas no concertamos ninguna reunión de negocios?, ¿Y si nuestros clientes están muy ocupados para referirnos potenciales prospectos?, o simplemente nos levantamos desganados para trabajar en la mañana. La respuesta a todas estas preguntas es: Actitud. Arriesguémonos a elaborar una estrategia distinta, a cambiar el speech de llamada, a visitar a un cliente más grande, a cambiar de ruta, a vencer el desgano. Esa actitud marca la diferencia entre el comercial aficionado y el profesional. No necesitamos un diploma que nos otorgue esa categoría. Lo eres si así te lo demuestras a ti mismo. Los resultados son proporcionales a tu esfuerzo.
Y si triunfas con lo que te propusiste, entonces intenta algo más difícil. Recuerda que si quieres obtener lo que nunca has tenido, debes hacer lo que nunca has intentado.
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